Cómo influye el modo de ver según John Berger

Hace años conocí un libro que se titula así: *Modos de ver*, de John Berger.

Una obra indispensable para cualquier persona creativa que quiera reflexionar sobre los secretos de la observación, y especialmente útil para pintores, dibujantes o cualquier practicante de disciplinas artísticas.

En este ensayo, John Berger pone en tela de juicio la cultura occidental, así como el arte tradicional y la manipulación que se ejerce a través de los lenguajes publicitarios. Señala cómo sus códigos han sido utilizados para preservar estructuras de poder, dirigir el deseo y mantener una determinada sensación de control y propiedad.

También analiza algo que, cuando lo leí, me resultó incómodo por su evidencia: la visión no es neutra. Está siempre condicionada.

Por este motivo, el arte occidental ha utilizado, en muchas ocasiones, mensajes que no solo representan, sino que construyen una forma de mirar. A veces de manera sutil, otras de forma explícita, pero con una tendencia recurrente: la cosificación de la mujer y la utilización del deseo como mecanismo de atracción.

La realidad, entonces, no es algo que simplemente está ahí.

Se hace visible al ser percibida.

Berger ya hablaba de esto en 1972, cuando se publicó este libro. Y, sin embargo, estas ideas resuenan hoy con más fuerza que nunca.

Porque lo que vemos, lo que interpretamos como real, está profundamente atravesado por aquello que creemos, por lo que hemos aprendido a reconocer.

Reflexiona también sobre algo que, en apariencia, es muy simple: la imagen llega antes que cualquier otro lenguaje. Antes de comprender, ya hemos visto. Antes de interpretar, ya hemos reaccionado.

Y en ese espacio previo, se construye una forma de mirar que rara vez cuestionamos

Quizá por eso el libro no se limita a analizar imágenes. Obliga al lector o a la lectora a observarse. A preguntarse cómo mira, cómo percibe y qué despierta en su interior aquello que observa.

Hay una reflexión que me pareció especialmente reveladora por la crudeza que encierra. Pasar la página de un libro es un acto de voluntad. Un gesto sencillo, pero profundamente significativo.

Berger lo contrapone a la televisión, donde el espectador se convierte en “reo de las decisiones de otros”. Y aunque en su momento hablaba de este medio en concreto, si lo pensamos hoy, esta lógica se ha multiplicado. Audiolibros, plataformas, series, contenidos digitales… En muchos de estos formatos, alguien organiza la experiencia por nosotros. Decide el ritmo, la duración, la secuencia. Aunque podamos pausar o acelerar, la estructura ya está dada.

No ocurre lo mismo con un libro. En la lectura, el tiempo es propio. El recorrido también. Eres dueño o dueña de tu ritmo, de tus pausas, de tu forma de entrar y salir del texto.

Esa autonomía, en muchos casos, se ha ido diluyendo.

Y no solo por el formato, sino también por el modelo económico que lo sostiene. El acceso a determinados contenidos queda condicionado por la suscripción, por la capacidad de pago, por sistemas que, bajo la idea de proteger la propiedad intelectual, han transformado la relación entre creador y usuario.

Un logro para algunos

Una pérdida de libertad para otros.

Hay una idea que atraviesa todo el libro y que, con el tiempo, he ido reconociendo también en mi propia práctica: lo que sabemos, o lo que creemos saber, afecta directamente al modo en que vemos.

Esto es fácil de aceptar en lo cotidiano. No percibimos igual aquello que nos importa que aquello que nos deja indiferentes. Pero en el trabajo creativo esto se vuelve aún más evidente.

No vemos todo lo que hay

Vemos aquello que somos capaces de mirar.

Y mirar, aunque no siempre lo parezca, también es un acto.

En mi trabajo con el dibujo y la escritura, especialmente en procesos vinculados al retrato, esto aparece de forma muy clara.

Cuando alguien dibuja, no solo está representando una imagen. Está proyectando una forma de ver, una forma de relacionarse, una memoria incluso.

A veces emergen elementos que no estaban previstos.

Trazos que no encajan, gestos que incomodan, partes que alguien no reconoce del todo.

Y ahí es donde el acto de mirar deja de ser superficial

Se convierte en algo más cercano a una observación interna.

En ese sentido, la imagen ya no es solo una representación externa. Es una construcción que separa un instante del tiempo y del espacio, pero que a la vez, contiene una forma de relación con quien la crea.

Por eso Berger afirma que “toda imagen encarna un modo de ver”.

Y quizá por eso, aprender a mirar —de verdad— no es solo una cuestión artística.

Es también una forma de comprenderse.

Te invito a explorar mi libro Técnicas de arte holístico con el retrato: Manual vivencial de creación consciente y exploración espiritual, una guía para mirar las creaciones y observar los procesos con otra mirada, más consciente.